martes, 15 de marzo de 2016

Crónica: Chris Robinson Brotherhood. Sala But Madrid 10 Marzo 2016

Sin lugar a dudas es una de las palabras más novedosas en nuestra lengua y sorprende su rápida aceptación y uso habitual. Según diccionarios no oficiales procrastinar significaría aplazar o dilatar una acción o decisión por no sentirse preparado para afrontarla, ya sabéis, aquello que solíamos retrasar en la infancia para después de los juegos y que terminaba siendo un problema minutos antes de comenzar las clases. Aplazar cualquier molestia hasta que no haya finalizado el goce.

Pero, ¿es esto realmente así? ¿Hemos creado una sociedad finalmente hedonista y llegado a olvidar nuestra naturaleza imperfectamente humana? Pienso que no, que más que una búsqueda del goce continuo observo una transformación del placer en obligación. Este síndrome nos conduce a la acumulación en cadena de deberes/placeres de forma precipitada en espera de ese momento idílico en que podamos tumbarnos a disfrutar relajadamente del resultado de nuestro trabajo. El Nirvana del siglo XXI. Un momento que debido a nuestra manía de generar nuevas obligaciones nunca termina de llegar, bueno si, al final el descanso llega.

¿Pero qué palabra podríamos usar para definir ese estado sistémico? Precipitación es demasiado ambigua y sólo haría referencia a las prisas. Tal vez deberíamos tomar el mito de Sísifo como ejemplo y conjugar el verbo sisificar, puesto que como sucedía con el héroe mitológico, este síndrome nos conduce a un eterno empujar la roca para finalmente ser incapaces de disfrutar del resultado de nuestro esfuerzo una vez la roca vuelve a caer y situarse al pie de la montaña. Salvo que al contrario que Sísifo no es un dios cruel el que nos impone ese castigo, sino que es nuestra misma incapacidad de disfrutar del momento la que nos lleva a dejar caer la roca una vez hemos alcanzado la cima.

Chris Robinson Brotherhood- Freak flags. Ensoñación rock.


Dentro de estos nuevos placeres impuestos se encuentran por supuesto los shows de rock. Desde el momento en que se tiene conocimiento público de la actuación de uno de nuestros ídolos cerca de nuestra ciudad todo parece convertirse en una carrera de obstáculos: reunir el dinero (dado el precio de algunos shows), esperar que las entradas salgan a la venta, acceder a la página web de turno, hacerlo antes que el resto para tener alguna oportunidad de pillar ticket y finalmente alzarse con el ansiado premio unos 3 o 4 meses antes del día del espectáculo. Ya hemos visto lo que ha pasado con Neil Young (en el Mad Cool) o Bruce Springteen y Paul McCartney más recientemente.

Es tal la insistencia con la que se nos urge a formar parte del ritual que no nos queda más remedio que seguir la oleada de cuerpos con agradecida devoción. Después llega el día del show y nos decepciona, entusiasma o conforma, independientemente de su valía, según las expectativas que nos hayamos creado. Aunque en general nuestra capacidad de esperar se encuentra en unos mínimos históricos. Somos difíciles de sorprender pero habitualmente dóciles en nuestras exigencias.

Eso hace que la gran mayoría de bandas con las que nos encontramos tras vivir semejante proceso lo tengan casi todo ganado mucho antes de subirse al escenario. Basta con los habituales fuegos de artificio para que sintamos que nuestro esfuerzo ha valido la pena y comencemos a planear nuestro próximo divertimento. Independientemente de la calidad de lo vivido la sensación es la de haber rozado un somero maquillaje de realidad para inmediatamente volver a sumergirnos en nuestra rutina perseguidora. Pero en ocasiones sufrimos destellos de grandeza. A veces, si nos dejamos llevar, podemos sentir que ha valido la pena y conseguimos retener ese breve momento de absoluto goce. A veces tenemos en frente a aquellos capaces de sacarnos por unas horas de nuestro apresuramiento, olvidamos los móviles, las redes, la opinión del resto y sencillamente nos dedicamos a disfrutar del momento con todos nuestros sentidos.

Rip this joint. Cartel oficial del Tour Europeo.


A estas alturas creo que no hay duda alguna de que los Black Crowes son la última gran banda americana de rock. Que, tanto en grupo como en sus proyectos en solitario, han evolucionado a través de un estilo original que los ha distanciado del resto de músicos de su generación y que lidian con su arte en espacios reservados a las grandes leyendas del pasado. Que su compromiso no es con la industria o el dinero sino con la música en mayúsculas, y así lo demuestran día tras día. Concierto tras concierto. Y una vez más el concierto de Chris Robinson Brotherhood el pasado jueves 10 de marzo en la sala But no fue sino una constatación de todo lo anterior.

Quien avisa no es traidor y Chris ya nos advertía días antes que este no sería un espectáculo de rock al uso. Tampoco ocultó nunca su devoción por grupos como Allman Brothers o  Grateful Dead, ni el gusto por la improvisación y los shows efervescentes. Poco después de las nueve de la noche el olor a sándalo procedente de varias varillas de incienso que ardían en una vasija sobre uno de los amplificadores llenaba la sala y la banda salía a escena. Comenzaba así un viaje a través de las trastiendas de la contracultura que abarcaba desde la primitiva psicodelia de la costa oeste hasta la descorazonada decadencia de las tabernas impregnadas de country donde los veteranos de guerra ahogaban su dolor en la América de principios de los 80.

Chris Robinson, 2016.


El teclado de Adam McDougall apoyaba esa idea de irrealidad. Su sonido sintético nos abstraía de cuanto sucedía fuera del escenario y nos preparaba para disfrutar del buen hacer de la banda en canciones como “Reflections on a broken mirror”, “Vibration and light” o “Star or Stone”. Como artesanos construían sus canciones delicadamente llenando el espacio sobre nuestras cabezas. Dicen que cuando eres bueno en una cosa no tienes más remedio que hacerla, y esa es la sensación ante el trabajo de la banda. Las armonías vocales sonaban con una naturalidad fuera de toda discusión mientras que tanto la base rítmica como las líneas melódicas de las guitarras, nos invitaban a sentir toda la fuerza y el alma de una música que arrastra los sedimentos de una historia y una cultura que va más allá de la llegada de los primeros colonos. La inspiración de los pueblos nativos americanos siempre ha estado presente en las composiciones y la imagen de Chris y sean cuales sean los paisajes a los que nos conduzcan sus diversos proyectos, ese espíritu permanece. 

CRB- Sala But, Madrid. Marzo 2016


El show, dividido en dos sets, casi alcanzó las 3 horas de duración, en las que se permitieron de todo. Desde versiones de Bob Dylan (She Belongs to me), hasta la recuperación de alguna de las canciones del proyecto en solitario de Chris (“Ride” y “Like a tumbleweed in Eden”). Desde las largas improvisaciones dedicadas a fragmentar y re-hilvanar los tiempos de las canciones y en las que alternativamente se saltaba del arrebatador éxtasis a la más profunda calma, hasta la simpática concesión a su primera visita a España con la canción “Never been to Spain”. La compenetración entre los músicos y la comunicación entre ellos y su público era casi palpable en el aire cargado de sensaciones de la sala y queda más que demostrado que hay mucha vida para Chris después de los Black Crowes. La mejor respuesta debería ser en todo caso proyectos paralelos.

Resumiendo: a mi parecer un concierto único, enorme, sobresaliente, donde todo fue armonía entre la banda y su público a lo largo de un show que cerró cerca de la medianoche con un último bis antes de partir hacia Barcelona donde actuaban la noche siguiente. ¿O era la misma noche?

Miguel Ángel Garzás.

lunes, 7 de marzo de 2016

STING –“Mercury Falling” 20 Aniversario. Manual de Eclecstingcismo.




Este martes, día 8 de marzo, se conmemora el 20 aniversario del lanzamiento de quizá uno de los discos más vilipendiados y aparentemente intrascendentes de D. Mateo Gordon Sumner hasta la fecha, “Mercury Falling”. Como escasamente prejuicioso panfleto hypertextual comprometido con lo que consideramos meritorio –por encima o no de tabúes artística y moralmente predominantes- no nos queda otra que rendirle pleitesía como uno de nuestros discos favoritos facturados por el aguijón predilecto de este humilde blog.

Nos situamos. Dos décadas atrás, a la par que bajo la etiqueta Brit-pop se despachaban, día sí y día también, álbumes de jóvenes bandas de la Gran Bretaña a cascoporro entre la entregada y moderna muchachada, el fenómeno “Grunge” se desmoronaba. Allí, entre dos fuegos y enmedio de esos fantásticamente bien aprovechados primeros 90´s y no tanto en lo concerniente a su segunda mitad, Sting, en plena madurez artística, nadaba entre cientos críticas negativas respecto a su –aparentemente- aristocrático modo de vida, y por alusiones, a su último trabajo. 

Entre toma y toma con su perrete. Alrededores de su castillo, Wilshire, 1996.


Perlitas como“(...) Se ha metido en los cuarenta, ha supuesto que le tocaba anegarse en introspección y vete a saber por qué ha imaginado, distinguido, culto y pulido, que introspección es sinónimo de sopor” eran  de lo más light que se le reprochaba,... y solamente por estas latitudes.

Para nosotros, y a tres años exactos de lo que ya consideramos un trabajo fantástico–quizá sin llegar a la heterogeneidad del aludido “Mercury”- como fue “Ten Summoner´s tales” (Marzo, 1993), ese tipo de reseñas facilonas y autocomplacientes no podrían estar más lejos de la realidad. Sin quizás, ni peros, en 1996, Sting llegó en las mejores condiciones para desarrollar un trabajo perfecto junto a las manos de su fiel productor, desde los últimos tiempos de Police como Hugh Padgham. De hecho, a pesar de la mala acogida, y sin mucho bombo, la ya difunta A&M logró colocar un millón de unidades en los States y otro más en toda Europa, mientras muchos de sus contemporáneos lidiaban con una comodidad realmente insana y enquistada bajo el disfraz de esa falsa autenticidad anti-cool.

Sesiones de grabación en Lake House.





No solo de una audiencia AOR se alimentaba nuestro madurito favorito. “Mercury falling” bien podría ser –a su manera- su álbum blanco. Y si por nosotros hubiera sido, podría haber entregado un doble de ese pelo. ¿Qué tal –parafraseando a Ringo- un Mercury falling falling? Nosotros, hubiéramos estado encantados de la vida.


Su quinto disco de estudio en solitario, fue esa grabación pulcra, honesta y sencilla que aguanta con salud y brío tras muchos años en las estanterías (o cuatro y medio en tu Spotify). Un Line up de lujo –como de costumbre- encabezado por algunos de sus grandes adalides. Dominic Miller a la guitarra, Kenny Kirkland a las teclas o el inconmensurable (y nuestro, por goleada) batería favorito hasta hoy, Vinnie Colaiuta que, una vez más, nos colocaron en la vía láctea de la clase, la sobriedad bien entendida, así como en el paraíso de la más coherente dirección musical en todos y cada uno de sus 11 variados cortes.

Aunque, el álbum goza de una sobrada vigencia, que más de alguno de sus primeros ejercicios en solitario hubieran querido para sí, es por todos bien sabido, que una selección de temas demasiado ecléctica, no suele gozar del beneplácito del gran público. En en este aspecto “Mercury falling” cumplió con todos los requisitos para no cuajar en cabezas poco acostumbradas a un easy-listening con tendencia a la sofisticación. Tristemente, por este motivo, y a pesar de la calidad y el exquisitamente artesanal enfoque de la inmensa mayoría de sus canciones, injustamente ninguna llegó a cuajar como hit. Esas atemporales "Shape of my heart" u "All this time" que tiempo atrás situaron a su autor como compositor de olfato único, no llegaron a materializarse como clásicos incrustados en el subconsciente de cualquiera que se supiera melómano.

Mateo, verano del ´96. De gira por los pueblos.


Poco importa, pues desde el sencillo steady-rock de “You still touch me”, con imágenes en directo para el vídeo promocional desde la mítica Paradiso en Ámsterdam, hasta el toque country –siempre inexplicable- en el bajista, que destilaban la pareja “I´m so happy I can´t stop criying”/“Lithium sunset” apoyados por el genial BJ Cole al steel, pasando por la Bossa de “La Belle Dame Sans regrets” revelaban una sensibilidad que, a pesar de nuestra –en aquellos tiempos- pipiolez, pudimos experimentar, sin oler siquiera el perfume o el hedor que desprende, la tan común crisis de la mediana edad. Casi rozar el fracaso que precede a un divorcio, la perdida de un hogar,  o el frío que la soledad provoca a un hombre -supuestamente- hecho y derecho, estaba a nuestro alcance con solo ir desnudando lentamente cada línea. Todo ello bien merecía, y aun merece una noche al volante sin rumbo definido.

Un viaje de ida, saboreando también, bellos y esperanzadores momentos vestidos por el viejo ritmo de No-La “Twenty five to midnight” o bajo la capa del soul más cálido, acolchado y sedoso “Let your soul be your pilot” , impagable la colaboración de Brandford Marsalis y sus cuatrocientos millones de bemoles,  además de en la espectacular y cuasi- jazzy “I was brought to my senses”.


Personal. De izq a dcha: Dominic Miller, V.Colaiuta, Sting y Kenny Kirkland. "Mercury Falling" rehearshals, 1996.


En pocas palabras y atendiendo a lo estrictamente musical, si lo que buscas es un álbum –llamémosle- de fisión (infinita mezcla estilística, pero “sin juntar la churras con las merinas”) y no, esa -tan cacareada- tendencia contraria, que tantos sofocos nos ha dado [véase “El Bicho” o ´facepalm´] , esta impecable –que no sobreproducida- producción será una de esas sorpresas inesperadas que vienen a demostrar, aunque para algunos muchas primaveras después, eso de que “En la variedad está el gusto”.


Si te gustó el post, Vinylola te informa que próximamente colaboraremos en “La Caravana”, podcast radiofónico que retoma (como en el caso del aludido en esta entrada) discos grabados hace justamente 10, 20, 30, 40 o 50 años. Clásicos del ´66, ´76, ´86, ´96 y ´06 que se serán diseccionados, reseñados y subidos a Ivoox por multitud de experimentados colaboradores, para vuestro (y nuestro) disfrute.

Algunos de ellos:

-Rolling Stones “Aftermath” primavera´66
-Beatles “Revolver” verano´66
-Jaco Pastorius “Jaco Pastorius” verano´76
-The Smiths “The Queen is dead” verano´86
-Pearl Jam “No code” verano ´96
-Burial "Burial" ´06...

Os tendremos al día… ;-)  


miércoles, 24 de febrero de 2016

Crónica: Niño de Elche (con Raúl Cantizano) Sala García Lorca- Casa Patas (Madrid). Sábado 23/2/16


El Niño de Elche viene sonando cada vez más. Un concierto por aquí, una performance por allá, alabanzas de tu amigo el moderno, vituperios de tu primo el flamenco, regocijo de intelectuales progresistas. Puedes leer reseñas o entrevistas, la mayoría laudatorias, en todos los periódicos nacionales y en casi cualquier web que se ocupe del panorama artístico. Púlpitos no le faltan. Si quieres tomarle el pulso a las nuevas tendencias no comerciales, tienes que ver al Niño de Elche –y no sólo escucharle-.

Niño de Elche- Casa Patas 2016


Con una juventud ligada a los certámenes flamencos y al mundo del cante jondo tradicional, Francisco Contreras, que así es como se llama el ilicitano, ha devenido en músico transgresor y comprometido. Arte y política van entretejidos en su espectáculo hasta urdir una red en la que el público cae con gusto. Aunque quizás tras una reflexión en frío, como le pasó a este escribiente, alguno sienta que fue pescado antes por el carisma y el talento del pescador que por la consistencia de la caña y la pureza del cebo. Vayamos al río:
En la orilla artística los peces comen felices y pueden acabar picando si aceptan con agrado los engodos de sabor estrafalario. Como decía Mairena refiriéndose a Morente, el Niño de Elche cultiva un cante futurista, esbozando lo que puede ser el flamenco de mañana, procediendo con conocimiento y honestidad. Esa erudición la demuestra, por ejemplo, cantándose un delicioso mirabrás al estilo tradicional, pero también –y sobre todo, añadiría yo- con las caricaturas vocales con las que abre el concierto. 

Junto a Raúl Cantizano a la guitarra.


Deformando y deconstruyendo voces, contorsionando la cara y el cuerpo en el intento, el artista resucita a Talega, a la Perrata o a un espeluznante Agujetas, entre otros, como pasados por la garganta estrambótica de un Valle Inclán. En estos lances es donde el Niño manifiesta conocimiento de fondo y talento en la forma. Uno, que es purista, pensaba algo así como “esto no debería gustarme, pero lo está haciendo; y me jode”. El arte siguió caudolasamente su curso con preciosas canciones sobre preciosos textos (soleá aporrá con letra de Antonio Orihuela, informe para Costa Rica, Rosario la Dinamitera…), rondando la estética flamenca (sólo la estética), henchido de sentimiento, desbordado de pellizco. También hay recodos donde el río se enfanga y los peces nos sentimos gilipollas, como cuando Raúl Cantizano (ningún dechado de virtudes, por cierto) le instala unos ventiladores a su guitarra o como cuando, en general, la pareja protagonista se entrega a la performance gratuita. Para esas digestiones los peces del banco vulgar estamos a cien mil leguas de lecturas submarinas, nadando ignorantemente tan sólo en la prehistoria de la postmodernidad.

En la orilla política pican con gusto los peces más izquierdistas, así como los intelectuales que comprenden el último grito reivindicativo. Si eres una tristecarpa del Guadiana, a medio camino entre el arroyo y el océano, puedes no acabar tragándote el cebo porque ya estásentre empachado y desganado con el discurso trans-queer -el cantaor acabó el concierto con una camiseta en la que ponía “Loca del coño”-, las referencias a Paul B. Preciado, la homosexualidad o con un alegato pretendidamente político bañado en elevada cultura. De esa forma puede que se revolucionen los tiburones como Almodóvar, presente en la sala, no los que siempre acaban –acabamos- servidos para ser devorados en la mesa del capital. 

Niño de Elche: ¿Hablamos de Bacon?


Hay que reprocharle al Niño de Elche, también, el victimísmo. Quejarse de no ser aceptado por flamencos e instituciones cuando estás cantando en Casa Patas y actúas regularmente en espacios públicos (museos, ciclos, etc.) es olvidarse de la mucha y buena gente que cultiva su arte sin puerto de amarre, además de faltarle a la realidad.
Tras dos horas de espectáculo, donde el derroche de energía en escena es incontestable, uno sale admirado por el oficio del Niño de Elche, por el amor que le pone y el valor que le echa. Sucede, no obstante, que soy un pez campesino al que le ahogan las nuevas corrientes. Salí satisfecho, pero no repetiré.

Glup y olé.

martes, 12 de enero de 2016

Opinión: “ENTRE TANTO CULO, AUN CEREBROS"



Las razones por las cuales, poco a poco (al parecer) nos estamos quedando huérfanos tanto de referentes culturales como simplemente éticos o ideológicos, parecen antojarse difíciles de discernir. Después, de entre otras, las muy recientes partidas de músicos como David Bowie, antes de ayer mismo, en el ámbito internacional o Javier Krahe, seis meses atrás, en el nacional, cabe preguntarnos, ¿quién va a ocupar sus –por supuesto- insustituibles lugares?, ¿hoy día es más difícil transgredir a esos niveles?, ¿en nuestros días toda carrera es más efímera que antaño?, ¿qué, de lo que hemos escuchado en los últimos cinco años gozará de autenticidad y legitimidad en los próximos veinticinco?

Bowie- Héroe hasta el último día.


Si estás leyendo esto, a buen seguro, pertenecerás a una de esas generaciones que han conocido a tiempo real la génesis  de algunos de los últimos iconos instantáneos a nivel global, desde U2 a Nirvana, pasando por Guns n Roses. Si éstos fueron tan absolutamente masivos, no cabe duda, fue gracias a las reprobables, MTV a nivel global y Los 40 Principales dentro de nuestras fronteras. ¿Hoy habríamos sabido de su existencia? Podemos estar seguros que la respuesta sería afirmativa, pero ¿hubieran llenado recintos destinados a un Madrid-Atlético?. Es inevitable ser auto-indulgente con tu propia juventud. La anécdota se amplifica y tus preferencias también, ¡ya no es como antes!, ¡ahora ya no se escucha nada bueno!. Pero recordemos que hemos sido excepcionales clientes, siendo dirigidos y redirigidos de la “electrónica” con cresta al “Brit-pop” más sensacionalista, por solo citar algunos de los coletazos finales referentes a ventas millonarias, confitadas en tiempo récord, bajo esas benditas y manidas etiquetitas que fueron “Alternative”  y “Parental Advisory”.

¿Quién nos lo iba a decir? Pre-Bisbal.


Las especulaciones que se adentren en territorios –llamémosles- “conspiranoicos o incluso auto-destructivos" quizá tengan cierto sentido. Los lanzamientos por los cuales el público se siente excitado y expectante, en la actualidad han dejado, por diversas razones, de ser masivos –entendiéndose éste concepto en su sentido menos perjudicial-. La democratización para cualquiera que quiera adentrarse en la producción artística hace años llegó a nuestras propias casas, con lo bueno y lo malo que todo ello conlleva. La era MySpace (y todas sus secuelas) se asentó hace más de quince años, y todos pudimos colgar nuestras composiciones, vídeos o escrituras de cara al un mundo, supusimos, hambriento de cultura. O eso era lo que pensábamos, pues la mayoría de las veces esto solo conseguía –y sigue logrando- que su escucha, visionado o lectura, sea disfrutada por nuestras familias y algún que otro amigo cercano –siempre y cuando no le lleve más de cuarto de hora-

No hay tiempo, hay mucho que descubrir, de que hablar. ¿Ya has visto Star Wars Episodio VII?. Nada de esto es, efectivamente, nuevo. Un clásico como "el día en el que todos pudimos comer pollo, el pollo dejo de ser pollo" se ha hecho evidente.

Joey- Con los pies en la tierra.


 De todos modos. ¡Ánimo! Muchos, a estas horas, al menos podemos dar gracias de no haber sido víctimas de vergonzosas y patéticas escenitas pretéritas que hoy seguirían siendo reproducidas digitalmente hasta el fin de los tiempos. ¡Contigo no, bicho! 

Difícil inserción laboral- En todos los Adecco tienen su cara.


Volviéndonos a centrar en el terreno discográfico; años atrás, mucho antes de que esos “¡no por favor, más 90´s no!” llegasen, cualquier producción gozaba de una mayor manga ancha. Los “trajeados de buen rollo” de las distintas multinacionales, al menos consideraban que un grupo o farandulero cualquiera pudiera facturar un par de discos fallidos, permitiéndoseles  madurar –previa atada de manos- de una manera progresiva, a la vez que “profesionalizaban” su propuesta, pudiendo así despachar algo bastante mejor de lo que ofrecerían al público si tuvieran que  compaginar su labor creativa con un trabajo a turnos de ocho horas en una fábrica de Campofrío, dejando ensayos y composición para momentos más propicios e inspiradores que el destinado al despiezado del siguiente jamón.

Por otro lado, sin ninguna duda, lo que internet nos ha deparado, superó lo que todos considerábamos previsible. Volvemos al origen, y casos como los anteriores citados, Napster (y todas sin secuelas) sin desviarnos mucho, destrozaron una industria disquera que –lógicamente- se lo mereció. Ahora, decenas de formaciones y cantantes claudican un “Crowdfunding” que muchos de ellos podrían –paradójicamente- pagarse perfectamente, apartando un poquito de su salario en Lidl para un estudio un pelín más humilde, pretendiendo que sus sufridos fans costeen su hobby en Abbey Road. ¿Qué tal pasarte al pádel?. Lo de Extremoduro ya queda lejos, y este neoliberalismo atroz, grita de placer al comprobar que la audiencia de unos muchachos les está financiando lo que luego, estos van a facilitarles de manera gratuita con solo enseñarles su atractivo logotipo corporativo

Sin pijadas. La pecunia en mano.


¿Si hablamos de promoción? más de lo mismo. ¿Alguien aun cree que el grupo más cacareado y pionero –ahorrémonos nombre- en el salto a la fama mundial a costa del periodo MySpace, lo consiguió solamente con la ayuda de la plataforma de, Tom, nuestro primer simpático y servicial amigo on-line?. ¿Cierto que en el terreno patrio, todavía algún alma cándida ha tragado con que muchos de esas formaciones, tan honestamente auto-producidas, no han pasado por ningún Código Cuenta Cliente?, -sin nombrar a su tío de Alcalá, para poder pasar al siguiente nivel-.

Tom y la invención de la "Era ombligus".


En el fondo de la cuestión, y disculpando a las más o menos honrosas bandas a las que pudimos hacer referencia con anterioridad, el siglo veintiuno nos ha regalado una retalía de pensamientos livianos, -falsamente- felices, y tan tibios como lo que fue y siguen siendo organizaciones para la transformación del arte en tetrapack, como Eurovisión, que más lejos de desaparecer, sigue su metamorfosis hacia fetiche de lo más cool para algunos –justicia poética- capullos. Ver para creer. ¿Otra de las pruebas del éxito de una cultura idiotizante disfrazada de humor inteligente y surrealista? 

El Camaleón que nos merecemos.


Todo ha cambiado. Y todo seguirá cambiando a una velocidad –quizá- excesivamente trepidante. A freír espárragos el decrecimiento, de un parón medianamente razonable y sostenible. La teoría del ´océano de conocimientos, pero de dos milímetros de profundidad´ que muchos preconizan se ha  hecho mucho más que real; ha cristalizado en algo que podemos contemplar día a día en las más de cien mil tertulias que exigen de “expertos” durante una ingente cantidad de tiempo televisivo destinado a tal efecto. 

Comité de expertos "Día y noche". Haciendo horas extras.


 Dj´s pinchan tirando de Spotify; mc´s optan por esta opción, no por esputar sus líneas, sino por pura dejadez de atesorar background musical y prosperar entre teclados, cuerdas o maderas varias, en pos de un polvo rápido. ¡He dicho que, contigo no, bicho?!. “Mucha ambición y poco potencial” que rezaba Kase O. ¿Quizá todos aspiramos a ese sueño húmedo que representa RATM en la puerta de Wall St.? Sí,  pero -como ellos-, volviendo a nuestras confortables casas. El “comer caliente y no quemarse” de toda la vida, aunque el abuelo fuera picador, allá en la mina, con "all the people moving".

RATM- Los Clash que nos merecimos.


Por suerte, no todo está perdido. Cada vez más, salen a la luz veintegenarios, cual crisálida, que sin necesidad de volar a Alburquerque, atesoran una inmensa capacidad transgresora, añadiéndose el plus que conlleva una formación envidiable, aportando a causas artísticas, éticas y solidarias  más de lo que los viejunos de turno podríamos haber hecho a su misma edad. Solo esperemos que como ya –tristemente- les ocurrió a esos apenas, críos de los setenta y ochenta siendo alienados y consumidos por sustancias patrocinadas por entidades de camisa y corbata no surjan paralelismos con los actuales en cuanto a una nueva esclavitud planificada y encabezada por individuos y corporaciones tecnológicas que les desean en casa, frente a la pantalla. Grabando vídeos didácticos en vez de salir a tocar con amigos o mirando y cantando soniquetes sexistas interpretados entre atractivos beats, por propias mujeres meneando grandes panderos. Que en cadena acudan a la droguería, para comprar por navidad sus perfumes a sus hermanas pequeñas, sí, esas que sueñan con convertirse en ellas. ¡No lo hagas!, ¡La que vas a liar pollito!

Kase O.- Reclamando sección de discos en el Lidl.

“Between the butts, I´m in there with a brain”  (“Entre los culos, allí estoy yo, con un cerebro”) Debemos agradecer a M.I.A. la inigualable y espontánea cita que encabeza lo que inspiró esta incontinente parrafada surgida de otro pequeño gran duelo. Entre tanto culo bamboleante, todavía quedan muchas chicas y chicos con unas buenas y fantásticamente bien amuebladas azoteas. Héroes diarios que no necesitan de grandes focos mediáticos para seguir inspirándonos mientras ofrecen lo mejor de sí.

M.I.A.- Quemando push-ups.


DEP David Robert Jones 1947-2016